jueves, 6 de junio de 2013

Balada prima

-->

Oswaldo Rivera Villavicencio, poeta mayor de las letras locales.

i
Nació en Latacunga un 13 junio de 1930. Hijo de Rómulo Rivera (quien fuera Secretario del Municipio de Ambato) y de Ana María Villavicencio Toro, es Licenciado en Ciencias de la Educación, especializado en Filosofía. Escritor y columnista de varios diarios y revistas nacionales y extranjeros. Educador en las provincias de Cotopaxi y Pichincha, Presidente de la Casa de la Cultura de Cotopaxi, funcionario y Director Nacional de Planeamiento de la Educación del Ministerio respectivo. Poeta. Ha publicado varias obras de filosofía, biografía, literatura, historia, cultura popular, ensayos y crítica literaria que pasan de una treintena. Algunas de ellas: Reflexiones filosóficas y comentarios, Juventud y Angustia, Pensamiento Filosófico de Juan Montalvo, Etica Profesional, Vibraciones del Tiempo, Rostros Americanos, Relatistas de Cotopaxi, Percepciones Lingüísticas Populares, Simón Rodríguez: pensador y maestro, Pensamiento Educativo de Bolívar, Vibraciones del tiempo, Escritores de Cotopaxi, La literatura en el pasillo ecuatoriano, Leyendas tradiciones y otros cuentos, etc.


“Caminando”

Nada ahora permite conjugar en pretérito; al parecer se nos vino una fuerza inevitable de querer componerlo todo sobre el caos, un día le pregunté que significaba ser “latacungueño”: “nunca es irse a pesar de la ausencia, o del desarraigo, una suerte de cosmopolita” me refirió mientras paladeábamos sobre Ortega y Gasset y algo parecido a empatar el tema del pasillo en la literatura ecuatoriana.

Que el hombre es él y sus consecuencias, que la razón ética del latacungueño sabe a la condescendencia antes que a su propia confianza, porque únicamente los íntimos se pueden brindar este valor, el de la solidaridad y la hospitalidad: hacer un favor sin mirar a quién, guiar.

Es una suerte dialéctica, ese lugar donde procuramos al fin ser contemporáneos de todos los hombres; el latacungueño no es único, no es irrepetible, no es una esencia, es una historia y esa historia sigue en movimiento y uno de esos episodios ha sido escrito, en sentido más semántico, por el intelectual Oswaldo Rivera Villavicencio (1930-2013).

En mitad de esa construcción significante, tuve la oportunidad del finísimo arte de la amistad, a pesar de la zancada generacional coincidimos en una respuesta que me diese a la tesis de cuál posición política tenía él: “la ideología no es filosofía, creo firmemente en la democracia”  fue siempre su atino y convicción.

Dedique hace más de un año en esta misma columna un afanoso perfil sobre Rivera Villavicencio como el apóstol mayúsculo de la intelectualidad local, sin empacho me acercó un agradecimiento más bien alentador pues su gesto tenía tanto de humildad como de sabiduría, el de colegas, el de prójimos.

Habría de recordar entonces la pasión puesta por un tema recurrente sobre el poeta modernista Valencia, algunos apuntes sueltos y la férrea tesis defensiva de incluirlo en los anales de la antología latinoamericana con regios argumentos y estudios contundentes para erradicarlo de las fauces de la marginalidad a la que ha sido injustamente heredado.

No hemos tenido tiempo para despedirnos, los más cercanos hemos apiado la rutina, referido al silencio, homenajeado la amistad y más avezados aún conspiramos contra el olvido. El significado profundo de decir adiós es volver hacia la esencia; mis sentidas condolencias a la familia de tan valeroso ser humano, Oswaldo Rivera V.

En su última línea ante la inquietud y afirmación de que si Latacunga es un laberinto le dije alguna vez:  ¿y cómo se sale de tremendo laberinto? y me contestó “caminando”.
 

viernes, 31 de mayo de 2013

El canon de Rayuela


El primer intento fue adolescente, el tejo se desparramó por todas las casillas en mitad del patio, en la boca calle, he leído Rayuela obsesivamente como si el atino fuera a devolverme ese instinto básico de la edad de la punzada, han sido 12 veces hasta la fecha casi siempre en períodos de premonición y silencio.

La última vez que la leí fue a finales de 2009 aprendí en esa novela mis modestos conocimientos sobre el modernismo, me refiero a la ruptura de las formas a saber esa desesperación de que nada dura y al final todo se pierde.

En los remotos años 90, más preciso en el verano de 1996, habría de encontrarla en la estantería entre periódicos de fútbol, historietas, y una ilustración de un tal Charlie Parker, era la intuición de lo que más tarde llamaría “El club de la serpiente”; eran sin duda el deslumbramiento a la literatura latinoamericana y axioma fundamental de sentirse escritor y lector.

A los 23 años yo hacía mis primeras armas como escritor mimetizado en un seudónimo poco frecuente que rubricaba manuscritos como Baltazari; Rayuela sigue siendo un estudio sobre el exilio, el salto al abismo, una parábola a la soledad, un regreso a la vanguardia, mil formas de decir adiós a la juventud.

Hace un par de años extravíe en una mudanza un libro biográfico cuyo nombre se pierde entre la ventisca de mi anzehilmer: algo así como Historias de Cronopios sin famas, editorial única, en ese texto había leído que al bajar las escaleras fatalmente enfermo en la hora de su despedida Julio Cortázar acarició el lomo de sus libros, les susurro al oído como despidiéndose, miró a su gato detrás del cristal, y no volvió más.

La novela Rayuela (Julio Cortázar) el privilegio estético del juego y el azar, las imagen en fuga de todos lados, es el embrión inserto sobre una generación ávida de comerse el mundo a trancazos, el fin de una ráfaga llamado “Boom”.

Existe una relación prescindible con nuestro país, con el absoluto arte de la amistad, su correspondencia y encuentros con Jorge Enrique Adoum a quien cariñosamente le decía “Turquito indio” sigue fundando más capítulos y cómplices, se celebran 50 años de Rayuela la obra cumbre del enormísimo Cronopio.

TAMBIÉN EN: 


domingo, 26 de mayo de 2013

Instinto

II
¿Con qué podría retenerte?

Te ofrezco esbeltas calles, puestas de sol desesperadas, la luna de suburbios mal cortados.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.

Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado con bronce: al padre de mi padre que murió en la frontera de Buenos Aires con dos balas que atravesaron sus pulmones, barbado y muerto, a quien amortajaron sus soldados con una piel de vaca; a ese bisabuelo, de la línea materna, que comandó, con veinticuatro años, una ofensiva de trescientos hombres en el Perú, ahora sólo fantasmas sobre monturas desleídas.

Te ofrezco, sea cual fuere, la sapiencia que contengan mis libros, y la hombría y el humor que contenga mi vida.

Te ofrezco la lealtad de un hombre que jamás ha sido leal.

Te ofrezco el núcleo duro de mí mismo que he guardado, de algún modo; el corazón central que no comercia con palabras, no trafica con sueños, y no tocan el tiempo ni el placer ni las adversidades.

Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al atardecer algunos años antes de que nacieras.

Te ofrezco explicaciones de vos misma, teorías de vos misma, auténticas y sorprendentes noticias de vos misma.


Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; intento sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota.

J.L.Borges.

lunes, 6 de mayo de 2013

Miradas detrás del espejo





i
  

La editorial Pedro Jorge Vera puso a circular bajo el título “Leña verde, antología de la cocina andina ecuatoriana” (Quito - 2011) un volumen que se devora literalmente sus páginas con los ojos; llama su atención casi como el paladear de tragos largos en la garganta el agua y la sed de las horchatas, sinónimo de la fidelidad de los sabores en un libro, la doble satisfacción del comensal que ahora es llamado así mismo lector, un fresco de paladeantes palabras hechas con el aromoso afán del pan y todas sus espigas.

El cuajo de todas las nubes leches entre el mordisco de las hojas verdes de una achera, en la solemnidad de un plato bondadoso desbordante como las costas añoradas en mitad de los andes, un plato prescindible y abarcable con su sazón e identidad: las chugchucaras. Quien más allá de su documento de identidad generoso de reconocerse en el gentilicio refiere una calle o un olor particular no sólo sabe a donde queda la calle de los manjares, sabe de antemano que un verdadero latacungueño guarda entreverado en sus genes la hospitalidad, su sentido del humor  refinado, el desprendimiento y la bondad.

La cocina ecuatoriana y particularmente a esta altura donde los corazones laten más rápido y a mayor presión de aquí se fugan los cardiacos y los desesperados, en este libro su autor, Gutiérrez Estrada, se asemeja a un personaje más bien desmitificado, poco ficticio, un acorazado intelectual que hace de cada hecho narrativo bocados de la vida real y la obsesión del dato justo por contar las historias de una atmosfera que se sale de la cocina, que lo ubica y que se vuelve fascinante, que cuenta un habitual día de quien cocina como respira.

Una revisión fascinante entre el color y el aroma de la sierra andina ecuatoriana en sus platos particulares y codiciados por los paladares más exigentes y los que a suerte de querencia legaron de cocina a cocina, de receta a secreto y aroma evaporante en la mesa para celebrar la alegría, la única riqueza que nos da la comida.

El libro reúne entre sus páginas entre el follaje de imágenes comestibles una prosa tan única como la que Gutiérrez Estrada acostumbra, escribe laboriosamente “nunca podría hacer una novela de detectives, sus pasos e intentos son muy ruidosos, crocantes, como el crepitar del maíz en la casuela y el tiesto,  en vano podría intentar la pesquisa se delataría sólo en el intento de dar con el antagónico”.

Tito Gutiérrez estrada ha repetido el gesto del espejo, se ha ataviado nuevamente sobre el personaje de la Mama Negra, lo saludan desde lejos, de cerca y a pie, “si me dedico a la política –dice- lo embarraría todo, es mejor que eso linderos sigan lejos, lo publico vestido de poder corroe el trazo; prefiero la holgura espontanea del vecindario que me resulta más próximo” (…) en ese instante se reconoce sabe que entre axioma y paradigma el verdadero latacungueño es aquel que empecinado cree lealmente en su natalidad y sus coterráneos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Rivera Villavicencio apostol de las letras locales


Se ha generado una movilidad cultural e intelectual necesaria y urgente, en esta suma de acertadas intenciones, no se puede dejar de lado el reconocimiento al empeño animoso del escritor latacungueño Oswaldo Rivera Villavicencio que ha presentado la obra “Eloy Alfaro Delgado”.
Nutricia acción editorial sobre un tema continuo y conmemorativo de la “única revolución que se ha fraguado en el Ecuador”; como advierte su epílogo: la gestión del “viejo luchador” y su accionar ideológico, político y social como sus rasgos humanos más destacados se evidencian a lo largo de esta publicación.
El compromiso intelectual deviene en la suma de destacar, rescatar y argumentar los acontecimientos y valores humanos de nuestros días patrios, Rivera Villavicencio se destaca por su amplia y renovada producción editorial de largo aliento que de manera objetiva concurre al análisis, a la coyuntura y el argumento ensayístico que en este caso es de Alfaro y el liberalismo.
Ha publicado varias obras de filosofía, biografía, literatura, historia, cultura popular, ensayos y crítica literaria que sumados superan los treinta títulos; es de vital importancia reconocer de manera oficial la labor incansable, decidida y vigorosa de este intelectual.
Nació en Latacunga un 13 junio de 1930, hijo de Rómulo Rivera (quien fuera Secretario del Municipio de Ambato) y Ana María Villavicencio Toro, es Licenciado en Ciencias de la Educación, especializado en Filosofía, ha ocupado cargos importantes como rector de los Institutos “Vicente León”, “Simón Rodríguez” y “Victoria Vásconez Cuvi”, ejerció la administración cultural como Presidente de la Casa de la Cultura Núcleo de Cotopaxi en el año 1972.
El gesto de congratulación y reconocimiento para Rivera Villavicencio se demostró con la presencia del público en el evento de presentación de la obra mencionada que al mismo tiempo aplaudió y compartió emotivamente gratos momentos con el autor al cual nos enorgullece contar con su amistad y asistencia en inquietudes y acciones a favor de la cultura.
Lucidez, apoteosis, y sobre todo una convicción alentadora para el trabajo que realiza la Casa de Carrión en el plano editorial.
 

martes, 30 de octubre de 2012

El arte anfibio

El fotógrafo debe tener una cualidad insospechada: pasar desapercibido del entorno, eso significa además estar en el momento y lugar apropiados. En el más estricto sentido etimológico la fotografía significa dibujar con la luz, conocerla, dominarla, incluso que desde el entender metafísico de la fotografía sea entendido como el ser humano como ser de luz.

Resulta pudoroso ahora admitir que cualquiera se llame a si mismo fotógrafo por el simple gesto de disparar a discreción, y esto en el sentido menos figurado, matando la noción del oficio de alquimista o depreciando la estética por la estética en un sentimiento parricida y casi suicida de atinar una imagen bien lograda por el exceso de la edición en PhotoShop o peor aún de los virtuosismos de la tecnología.

Los fotógrafos han sido los adecuados ilustradores de la historia, sin ellos los daguerrotipos o aquellos enfoques y películas de ciudades y gentes no hubieran sido el maniqueísmo del ícono o aun más evidente lo imprescindible en el génesis de la imagen en movimiento que es el cine, hermano mayor y séptimo arte.

La iluminación, la composición. La exposición, el uso manual, y otros términos fundamentales deben ser dominados por este anfibio, deben acoplarse y entallar de múltiples maneras incluso a las tendencias dialécticas por rescatar este maravilloso oficio.
Me pregunto qué sería del ícono de las izquierdas latinoamericanas si Korda no hubiese atinado la fotografía de Ernesto Guevara ante el evento del muelle de la Habana en pleno apogeo de su revolución y que hoy esta inserto en el imaginario colectivo como prototipo del irreverente, del revolucionario tradicional?

La fotografía es un asunto elemental, por lo mismo, debe exigirse en la tarea más conspicua de la observación; el fotógrafo es el ojo crítico y analítico del entorno, su involucramiento hace parte de lo trascendental incluido esa vacua letanía de que la imagen es políglota y dice más de un millar de palabras.

Qué quiero entonces decir con mi oficio, si el anfibio resulta tuerto, o da palos de ciego por hobbie o afición resulta denigrante.

Habrá que entender a la fotografía como una de las bellas artes, y como me replicaba un profesor de este apasionante mundo, en la fotografía el problema no es la flecha sino el indio. Es decir por más sofisticado que sea el equipo el asunto es el dominio y perfección del anfibio (fotógrafo).

LAS DESPEDIDAS



Paco Estrada se examinaba en una fotografía de los cincuentas cuando había radicado la Valencia de la postguerra, aún Franco tenía la similitud con el sarro sobre la alcantarilla insospechablemente inequívoco. Bizarro, irreal, trastocado, una fotografía de los años donde conoció a Caín Rodríguez Cunga, al boliviano y claro el recuerdo de Santiago Nazca a quien le decían Pájaro, el Pájaro Nazca, una suerte de diatriba y enjundia de  exiliados.
Pasea con los dedos el papel fotográfico sin fecha, debe ser el verano que recorrió hasta Huelva, y pernoctó al amparo de una familia de facundos y que pudo haberse vibrado el tiempo si aquel silencio pastoso del amarillo no refiriera que es otro lapso donde nadie es lo que parece ser a simple vista.
Han pasado cincuenta años en que el aficionado, el del golpe sin explicaciones tediosas sobre la vida o la muerte, sobre los asesinos enquistados en la solución obtenida hurga en mitad de la noche la fatiga de recordar el primer cumpleaños de su hijo, atravesar la avenida volver nuevamente al cause, empachar las cuentas y cuadrarlas, mirar sobre el cristal las gotas de las lluvias; recordar hechos y descartar traiciones, la mañana que de vuelta a casa vio por última vez a su madre despedirse desde lejos como diciendo, como creyendo que las vueltas a casa siempre reconfortan.
Lo escrito mañana. Paco es más bien un escritor a cuenta gotas, un personaje ruidoso, un escándalo fecundo, autobiográfico como su carcajada, un hombre que hace y deshace madejas y palabras, polemista ubicuo, destructor de moldes, es irrepetible leerlo cada vez se inventa en su afán; ha sido tímido a la vez, ese pudor intelectual que nunca es modestia sino tácito imperturbable.
Un buen día en el café ante Lucas Cando sorbía  levemente el anís  mientras Vittorio sostenía el ultimo pitillo rubio en su mano derecha buscando el encendedor en los bolsillos del saco. Paco sostenía afiebrado sobre el sentido insurgente del título del  libro sobre los  adioses, las renuncias irrepetibles de dejar que la nostalgia invada como la lluvia en las suelas andadas, mordientes; le impresionó tanto que al rebelde Huatey, en el eje de la conquista española, sus captores le pondrían a elegir si se convertía al Cristianismo lo ahorcarían no sufriría e iría al cielo, si no se convertía al cristianismo lo quemarían con leña verde y sufriría mucho e iría al infierno. Huatey preguntó ¿en el cielo hay españoles? Le dijeron que sí. Él dijó entonces: ¡leña verde!.
Inutilizado terminó titulando un mal al fin y decidió decirlo de frente como un grito, siguió escribiendo y cuando me lo mostró terminé aceptando casi como un enfermo de la literatura, con un cierto aire de fetichista de acertar inundado de lealtades y en definitiva preguntándome si en verdad los libros que te sobran son los que se niegan a caber en todas partes.
Era agarrarlo por el cuello, no simplemente era publicarlo, qué queda de un editor y critico literario sino una suerte de ilogismo frustrado, una suerte de atinar en el párrafo ajeno y decir era ello lo que debí decir, dejándome llevar por la complicidad de virar las esquinas en ensayos laboriosos de un arte como la insolencia.
Los elogios corren la suerte de beneficencia, el editor no puede brillar en un texto forastero, motivos suficientes para odiar un libro sin rebajarse; en verdad que el oficio de editor seguía siendo como recorrer la ciudad y darte cuenta que es el infierno que mereces.
En esa parcela onírica el azul se esparcía por todo lado, era un costado inferior del tríptico del Bosco, El jardín de las delicias, en esa tela el rostro delator del parricida se difumina en la llanura detrás de la fuente, es 1985, la página empieza por hablar de la abominación de los espejos y un volumen de Ficciones, editorial Espasa, abre el sésamo de una noche entreverada de pesadillas, delatores, y la secta visceral de Paco, Vittorio y Lautaro.
La ciudad cualquiera era una garganta, luego de montarse en el automóvil de Paco, Lautaro y Vittorio se largaban por ahí para discutir cosas que eran intrascendentales para los otros. Esa noche compartieron el menú en un Chifa al norte de la ciudad. Hablaron de Honorio Bustos Domecq, de una ficción acaecida en el siglo pasado y que parte de un versículo de una de las hojas ordenadas por Borges, la amistad, el compromiso de escribir, el azar, la complicidad y lo efímero como son la muerte y el amor.
Incluso hablaron de mi regreso, largas horas apeados al cuadro del infierno pintado por Lucas Cando que atinaron a decir las cicatrices te esperábamos. Qué queda por vivir. Reconocer la ciudad dibujada en el vao del cristal por un niño mientras no pasa la lluvia y tienes miedo, y sospechas que aparentemente nada a cambiado, que incluso la calle que daba a la casa de Estela sigue tristemente desconocida.

Sólo me resta reconocerme como Caín Rodríguez Cunda, des exiliado,  editor de oficio.